ALBERTO BAÑUELOS EN EL ARCO DE SANTA MARÍA
Todo el arte debería tener cierto misterio
y debería exigir algo del espectador.
Henri Moore
Cuando Constantin Brancusi, Henri Moore y otros más lanzaron al mundo sus creaciones de geometrías abstractas o pulidas superficies, rompiendo con siglos de mímesis, para apelar al concepto y al sentimiento estético por encima de cualquier otra consideración, estaban sentando las bases de una nueva escultura. Desde entones muchos han seguido caminando por la senda, de suerte que ya es ancha vía que recoge tantas propuestas como podamos imaginar. Este verano, en el pétreo Arco de Santa María de Burgos, su tierra, Alberto Bañuelos Fournier nos enseña cómo transita él ese camino, abriendo nuevas posibilidades estéticas entre la más dura piedra y el muy blando algodón. Su generosidad ha permitido viajar de su taller a la sala de exposiciones una exquisita selección de obra.
La blandura de la piedra
Llegamos a su mundo de ermitaño, de soledad creadora (la gente libre siempre está sola), en Madrid pero lejos de cualquier bullicio capitalino. Amable, pausado pero locuaz, de exquisita educación. Es abrir la puerta del taller y oírle decir: “yo no discuto con la piedra”. Rotunda afirmación. Entonces, le digo ¿la piedra manda? Por supuesto que lo intenta, pero gana el escultor, sin discutir, llevándola a donde quieres que llegue. Y eso ¿cómo se hace? Con la cabeza. Las manos solo son herramientas adiestradas. La escultura se hace con la cabeza.
Quizá basten estas palabras para explicar todo lo que hay tras la obra de Alberto Bañuelos (Burgos, 1949), el más internacional de los escultores burgaleses, el más reconocido, quien más abrumador currículo presenta. Pero un escultor como Bañuelos es algo más que una lista de exposiciones, galardones y bibliografía. Es alguien que nos emociona con su obra, que para eso nació el arte, para emocionar.
A quienes se nos ha permitido entrar en el mundo creativo de Alberto Bañuelos se nos ha dado el privilegio de asistir al proceso. En toda obra de arte es visible solo una parte del procedimiento total, porque la verdadera obra artística, el hecho artístico, es una construcción metal. Pero, ya que no podemos “vivir”, ni siquiera por un momento, dentro del engranaje creador, al menos podemos asomarnos al mundo germinal de la obra en el taller.
Podríamos pensar, y nos equivocaríamos, que el trabajo con grandes piedras es lo más importante de la obra de Bañuelos. Pero me atrevo a señalar que no es así: acuso a Bañuelos de hacernos creer que es un hombre rudo de colosales creaciones. Pero la verdad, la que vemos en su estudio, es que Alberto Bañuelos cuando lleva al mundo material su mundo interior (la idea siempre lo primero), lo hace en maquetas, en pequeñas formas en escayola, en madera, ¡con patatas!, a escala de juguete, que acaricia y acuna en sus recias manos. Así, como un niño jugando con sus construcciones, va dando opciones al volumen y al espacio, hasta que da con lo que andaba buscando. O quizá con aquello que más se parece a lo que aspiraba. Y entonces, solo entonces, cuando va a por la piedra, a por ese canto que cada día le interpela y espera en el almacén (quizá desde hace años), ahora sí, llega el momento del corte, el golpe, el trabajo de cantero que, dominador del oficio, alcanza a domeñar el duro material. Es la ocasión de controlar el azar, de luchar con esa veta, esa tara oculta del bloque, ese color inesperado escondido y revelador que se convierte en cómplice. El material manda mucho, no se puede discutir con él, y controlar el azar es parte del oficio. A veces, incluso con insolencia mejora lo pensado. Estamos ante alguien que aprendió a ser artista, primero como incansable dibujante, luego en la cuna de que todo escultor debería habitar por un tiempo: Carrara. Cuando hoy llega a su estudio piedra aragonesa de Calatorao, de canteras y minas de Bélgica o Zimbabue, de los volcanes catalanes, o los enormes cantos rodados de cualquier otro lugar, en el fondo siempre está volviendo a Carrara, a su aprendizaje. Cada material requiere una forma de trabajar, y en todas es Bañuelos maestro, aunque, como el mismo dice, lo suyo es el oficio de cantero sublimado en creación. Como mero oficio “cualquier cantero gallego es mejor que yo en eso”, reconoce, así que él ha de exigirse más, para, aplicando su mucho saber, llevar el trabajo de corte y golpe a la nobleza del arte.
Para llegar a tanta belleza, a la emoción del arte, hay que contradecir la naturaleza misma. Porque, como el propio escultor sabe, no hay nada más acabado que un canto rodado, y sin embargo él ha de convertirlo en una obra diferente, tomado por materia primeriza lo que ya está concluido tras milenios de trabajo geológico. Ha escrito René Payo que en las formulaciones estéticas de la obra de Bañuelos “lo primario y lo transformado se unen sin solución de continuidad”. De ese modo llega a la esencia de la “llamada de la piedra”, como él mismo reconoce, que le pide una u otra forma final. Para ello hace falta la seriedad del trabajo intelectual, profundo, reflexivo y metódico, alimentado de lecturas, de exposiciones, de museos, de formación constante. El escultor de la materia dura es tremendamente sensible por dentro, pues sin la emoción de la poesía no hay obra de arte. “La obra de arte es sincera o no es”, defiende con vehemencia Bañuelos, con un brillo de fuego en los ojos. Y se es sincero cuando a la piedra, al papel o al material que sea, se llega tras mucho pensar, reflexionar, ponderar. Tras deconstruir, a lo Jacques Derrida, te dirá quien fuera estudiante de sociología.
“El vacío en del centro de la piedra”. Me presta Blas de Otero el endecasílabo para llamar la atención sobre una parte fundamental en la obra que vemos en esta exposición: las piedras que esconden, en su centro, un vacío que sentimos palpitante, vivo, cambiante con la entrada de la luz hasta su interior, de suerte que según el momento, o el ángulo de visión, la escultura recia y enérgica en su exterior se convierte en cámara de maravillas en su hueco corazón. No es extraña la admiración por Oteiza, maestro del vacío. Quizá sus palabras nos ayuden a entender: afirmaba el escultor vasco que “el espacio no es un sitio donde se pone una escultura, sino el sitio que se desaloja, que se hace estatua”. Los vacíos del vasco son los vacíos de Bañuelos: la escultura como matriz protectora de cavernas de líneas rectas, remedo de ciclópeas construcciones. No podemos irnos de la exposición sin, con curiosidad de infantes, asomarnos a esos interiores.
Y la dureza del papel
“La historia de la humanidad se ha escrito en piedra y algodón”, sentencia Alberto Bañuelos, dando así por explicada su querencia por ambos materiales.
Los futuristas defendieron, hace ya un siglo, que la nueva plástica sería aquella que tradujera cualquier materia en planos atmosféricos que desvelaran algo. Bañuelos lo consigue: es por tanto vanguardia, pero no es modernidad, valga la paradoja. Su escultura se hunde en lo antropológico, en lo más ancestral. Hay algo atávico, que retrocede en lo más hondo de la historia del hombre sobre la tierra, en esa obsesión por transmitir todo el sentir o el saber, la narración completa, a través de la piedra y el algodón hecho papel. De lo más duro, de esos cantos rodados gigantes, fruto de millones de años de choques y roces de erosión en caudalosos ríos antediluvianos, a lo más blando, el leve algodón que en prodigiosa alquimia con el agua se convierte en papel, aparentemente blando, pero recio soporte para ser rasgado, roto en ventanas de simuladas escrituras milenarias. Calvo Serraller escribió que los principales maestros de la vanguardia histórica “avanzaban retrocediendo”, auscultando siglos de civilización anterior al hombre contaminado, y que esa intuición estética es el llamado “presente eterno”. Por eso vemos en sus bloques, los guerreros, cabezas olmecas, dioses mayas y aztecas, un severo mundo precolombino, y en sus papeles supuestas escrituras cuneiformes, narraciones fantásticas de dioses implacables y feroces gobernantes de un pasado tan imaginario que a la postre es tan real como la materia que lo sustenta.
Esculpir con papel es uno de las singularidades de la creación de Bañuelos. Paciente, como siempre, amasa la materia con el agua y fabrica las untuosas láminas que, convertidas al secarse en recias planchas, admiten el rasgado y el agujereado, de modo que las dos dimensiones transmutan en relieves. Verticales relieves que nos obligan a reflexión, a cumplir con nuestra obligación de espectadores y terminar la obra. Y en esos papeles rotos caben las simuladas escrituras, indescifrables pero atrayentes. No se entienden, claro. ¿Cómo se van a entender si a decir de Ortega y Gasset “la misión del artista es ser otro lenguaje”? En otras ocasiones el roto simula ventanas a mundos desconocidos de negro betún, (otra vez el lleno y el vacío, la esencia de la escultura), o aparentes lagos de profundidad oscura y misteriosa. Nos obliga el escultor a pensar, a imaginar, a compartir el proceso creador. Por eso defiendo que estamos ante un verdadero artista, aquel que interpela, inquieta y seduce.
Ignacio González de Santiago
Real Academia Burgense de Historia y Bellas Artes. Institución Fernán González